Romance del faro amigo
Una vez caí muy hondo,
tan hondo que ni soñaba;
me pesaba el aire frío,
me dolía hasta la mañana.
Y decidí ir hacia el faro,
sin voz, sin prisa, sin nada,
solo con un hueco triste
donde antes tuve el alma.
El camino hasta su luz
era mi pobre esperanza;
sabía que allí, en lo alto,
alguien velaba mi calma.
Su destello me encontraba
aunque yo no lo buscara;
parecía comprenderme
sin preguntar, sin palabra.
Me sentaba junto al viento,
a escuchar como las aguas
me contaban que aún podía
recuperar mi vida cansada.
Mucho lloré inconsolable
con la mirada anclada;
y él seguía, imperturbable,
como si también llorara.
Y poco a poco sentí
que la sombra se alejaba,
y que en mi pecho dormido
algo pequeño despertaba.
Hoy regreso cuando tiembla
mi corazón, cuando caiga;
sé que su luz me conoce
y que mi herida no lo espanta.
Porque en noches más hondas,
cuando ya no quedaba nada,
él me sostuvo despacio
y me devolvió a la vida clara.
Y por eso, faro amigo,
sé que en tu luz me aguarda,
como un abrazo de piedra
que nunca vuelve la espalda.