A mi mamá le cortaron sus alas,
se las mocharon, se las mordieron.
Con solo tres años se fueron sus sueños.
Sus ojos brillantes, de hermosos destellos,
se los despintaron,
se los escupieron.
Ni siquiera le preguntaron,
solo decidieron que ya era hora.
¿Y quién chingados decide eso?
¿El cielo? ¿El hombre?
¿La ignorancia? Debe ser.
Esa pesa más que el alma.
Porque no fueron demonios ni ángeles,
fueron manos y mentes humanas,
esas que deberían construir.
¿Qué va? Si solo servimos para destrozar.
Esos que ven a una niña
y le niegan el derecho de ser y de volar.
¿Cómo llegamos hasta aquí?
¿Cómo rompemos cadenas
que nunca elegimos cargar?
Que este poema sea un grito,
una herida abierta que sangra verdad,
para que otras niñas no pierdan
las alas que a muchas nos ha tocado perder,
igual que se las negaron a mi mamá.