Aunque hiera, falle o duela cuando algo termina,
y más aún cuando alguien ha de retomar su origen.
Es agua del río que nace en la montaña
y avanza hacia el mar.
Es dimensión del ser:
flujo, no propiedad.
Es expresión de la fuerza y la esencia de existir,
y en él no hay espacio para el mal.
Es lo que no se exige, no se posee,
no obsesiona, no se necesita,
y jamás se va.
Cuando se habita, se disfruta y por siempre se da.
Y como el agua que sigue su cauce,
a la hora de marchar
acompaña
y permanece en quienes lo acogieron de verdad.
Pues siempre ha sido así,
es y será.
Más allá de quien lo habite, nunca deja de estar, por ser flujo eterno y universal.
Es palabra de cinco letras
y fácil de habitar:
el amor.