He perdido mis nervios. No como quien pierde las llaves, sino como quien se arranca la piel y olvida dónde la ha tirado. El juicio es un ruido blanco. Esa vieja costumbre de estar viva me quema las manos, me estorba. El calendario es un animal destripado frente a mí; una suma de fechas que me miran con ojos vacíos, que no me reconocen, que me escupen el rostro.
Ya no mando en esta casa de huesos. Mis propios dedos me son extraños. Las cosas que antes gritaban mi nombre ahora guardan un silencio de asfixia, un silencio de muebles cubiertos con sábanas que huelen a hospital y a olvido.
Soy una sonámbula colgando de un hilo en la encía del abismo, con las uñas enterradas en la nada. Tengo un miedo que no me cabe en el pecho en esas esquinas donde el viento ensaya, una y otra vez, mi propio entierro.
Soy un pájaro estrellado. No hay belleza en la caída. Soy un desorden de plumas sucias y calcio roto; un mecanismo quebrado que olvidó que alguna vez existió el cielo.
¡Los grillos han guardado sus cuchillos! El silencio es peor que la amenaza. Mi sangre, ese río que antes golpeaba, ahora es un lodo mudo, una maquinaria oxidada y chirriante que ya no sabe cómo brotar sobre la herida. ¡Ni siquiera puedo sangrar mi propio dolor!
He nacido tantas veces que el útero me queda grande, como un abrigo viejo. Y he muerto tantas, tantas malditas veces, que la muerte ya no es un misterio; es esta habitación de techos bajos donde entro a ciegas, arañando las paredes, solo para apagar la luz y rezar para que esta vez sea la última.
m.c.d.r