Ojo.
No porque mires,
sino porque el mundo muerde cuando te confías.
Ojo con lo que callás
y con lo que decís cuando estás cansado,
porque el cansancio habla sin pedir permiso
y después no hay forma de recoger las palabras del piso.
Ojo con la gente que aplaude rápido,
porque a veces no celebra tu luz,
celebra que te estés quemando.
Ojo con darlo todo,
no porque amar esté mal,
sino porque no todos saben recibir
sin romper lo que les das.
Ojo con creer que todos sienten como vos.
Hay quienes usan el corazón
solo cuando les conviene
y lo guardan en un cajón
cuando toca hacerse cargo.
Ojo con el “después”.
Después no existe,
es una promesa que el tiempo no firmó nunca.
Ojo con acostumbrarte a lo que duele.
El dolor repetido no se vuelve normal,
solo se vuelve silencioso,
y lo silencioso es lo más peligroso que hay.
Ojo con confundirte:
ser bueno no es ser débil,
pero tampoco es dejar que te pisen
y encima pedir perdón por mancharles el zapato.
Ojo con el orgullo disfrazado de dignidad.
A veces no te vas porque te respetás,
te vas porque no sabés quedarte
y decir lo que de verdad sentís.
Ojo con la nostalgia.
No todo lo que extrañás era sano,
algunas cosas solo dolían bonito.
Ojo con prometer cuando estás feliz
y con jurar cuando estás roto.
Las promesas hechas desde extremos
suelen romperse en el medio.
Ojo con mirarte al espejo
y no reconocerte.
Cuando eso pasa,
no es el espejo el que miente.
Ojo con esperar que alguien te salve.
Nadie llega a tiempo cuando no te elegís vos primero.
Ojo con pensar que ser fuerte
es no llorar.
Ser fuerte es llorar
y seguir igual.
Ojo con amar desde la herida.
Podés terminar sangrando
sobre alguien que no tenía la culpa.
Ojo con el silencio ajeno.
No todo el que calla piensa,
algunos ya se fueron
y dejaron el cuerpo por costumbre.
Ojo con el miedo a quedarte solo.
Peor es quedarte acompañado
y sentirte vacío.
Ojo con traicionarte para encajar.
Nada encaja más incómodo
que un alma que se negó a sí misma.
Y ojo…
sobre todo ojo con olvidarte de quién sos
cuando nadie te mira,
porque ahí,
en ese instante sin testigos,
vive tu verdad.
No hablo de ojos.
Hablo de cuidado.
Del cuidado de no perderte
en un mundo que todo el tiempo
te invita a hacerlo.
Ojo
Ojo.
No porque mires,
sino porque el mundo muerde cuando te confías.
Ojo con lo que callás
y con lo que decís cuando estás cansado,
porque el cansancio habla sin pedir permiso
y después no hay forma de recoger las palabras del piso.
Ojo con la gente que aplaude rápido,
porque a veces no celebra tu luz,
celebra que te estés quemando.
Ojo con darlo todo,
no porque amar esté mal,
sino porque no todos saben recibir
sin romper lo que les das.
Ojo con creer que todos sienten como vos.
Hay quienes usan el corazón
solo cuando les conviene
y lo guardan en un cajón
cuando toca hacerse cargo.
Ojo con el “después”.
Después no existe,
es una promesa que el tiempo no firmó nunca.
Ojo con acostumbrarte a lo que duele.
El dolor repetido no se vuelve normal,
solo se vuelve silencioso,
y lo silencioso es lo más peligroso que hay.
Ojo con confundirte:
ser bueno no es ser débil,
pero tampoco es dejar que te pisen
y encima pedir perdón por mancharles el zapato.
Ojo con el orgullo disfrazado de dignidad.
A veces no te vas porque te respetás,
te vas porque no sabés quedarte
y decir lo que de verdad sentís.
Ojo con la nostalgia.
No todo lo que extrañás era sano,
algunas cosas solo dolían bonito.
Ojo con prometer cuando estás feliz
y con jurar cuando estás roto.
Las promesas hechas desde extremos
suelen romperse en el medio.
Ojo con mirarte al espejo
y no reconocerte.
Cuando eso pasa,
no es el espejo el que miente.
Ojo con esperar que alguien te salve.
Nadie llega a tiempo cuando no te elegís vos primero.
Ojo con pensar que ser fuerte
es no llorar.
Ser fuerte es llorar
y seguir igual.
Ojo con amar desde la herida.
Podés terminar sangrando
sobre alguien que no tenía la culpa.
Ojo con el silencio ajeno.
No todo el que calla piensa,
algunos ya se fueron
y dejaron el cuerpo por costumbre.
Ojo con el miedo a quedarte solo.
Peor es quedarte acompañado
y sentirte vacío.
Ojo con traicionarte para encajar.
Nada encaja más incómodo
que un alma que se negó a sí misma.
Y ojo…
sobre todo ojo con olvidarte de quién sos
cuando nadie te mira,
porque ahí,
en ese instante sin testigos,
vive tu verdad.
No hablo de ojos.
Hablo de cuidado.
Del cuidado de no perderte
en un mundo que todo el tiempo
te invita a hacerlo.
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Dani
30/01/026