Yo soy un niño,
pero a veces siento que tengo un sol en el pecho
que no cabe en mi camisa
y empuja,
empuja como diciendo:
muévete,
vive.
Cuando despierto,
el mundo hace clic
y se enciende.
Huele a pan tostado,
a ese crujido que avisa que el día partió
aunque yo todavía tenga los ojos a medio abrir.
Huele a gente caminando rápido,
a pájaros que no saben de tristeza.
En los fines de semana,
la vida llegaba antes que yo.
Tenía olor a casa de abuela.
Un olor caliente, espeso,
que subía por la escalera
piso por piso
hasta llegar al tercero donde vivía yo,
como si los porotos, las papas fritas
o el pollo al jugo,
tuvieran piernas
y vinieran a buscarme.
“Despierta, weón oh”, decía ese olor,
“hoy también hay mundo”.
Y yo despertaba.
Con hambre, sí,
pero sobre todo con ganas.
Ganas de correr sin saber a dónde,
de gritar un poco más fuerte de lo permitido,
de salir al pasaje
y sentir el viento en la cara
como un perro feliz lamiéndome la vida.
A veces camino por la calle
y veo a los grandes con la mirada cansada,
apretada,
como si se les hubiera olvidado
que un día fueron niños
y corrieron tan rápido
que casi se caen del planeta.
Yo quiero gritarles:
—¡Oigan!
¡La vida aún está aquí!
¿No la sienten?
¿No huelen el pan tostado?
¿No escuchan cómo se quiebra la mañana
cuando el sol toca la ventana?
¿No ven el vapor de la olla
subiendo como un fantasma bueno?
Porque yo sí lo veo.
Lo veo todo con claridad.
Lo que brilla
y lo que duele.
Lo que se rompe
y lo que se levanta.
La vida se mueve,
salta,
se mete entre los dedos,
se ríe cuando tú te ríes
y también cuando te equivocas.
Tiene arrugas y rodillas raspadas,
barbas, trenzas,
caminos largos, historias cortas
y abrazos que duran
lo que dura una canción bonita.
A veces la vida es un abuelo
que camina lento pero nunca se rinde.
A veces es una mamá
corriendo con bolsas en las manos
y sueños en la cabeza.
A veces es un papá
cargando bolsas de feria
con los dedos blancos del esfuerzo,
inventando fuerzas donde ya no habían.
La vida a veces pesa.
Cansa.
Se ensucia.
Pero igual avanza.
Siempre avanza.
Y ese avanzar también tiene olor:
a cansancio mezclado con cariño.
Yo, a mis diez años,
siento que el mundo me cabe justo en el pecho,
como una pelota que empuja y empuja
y quiere salir por mi garganta
convertida en un grito fruerte:
¡ESTOY AQUÍ!
Y qué hermoso está estar aquí.
Aunque duela.
Aunque se rompa.
Aunque a veces me dé miedo crecer.
Porque también soy el niño
que se queda quieto escuchando las ollas sonar,
que se ríe cuando la mantequilla se derrite en el pan,
que mira por la ventana y piensa
que si el cielo pudiera hablar,
se reiría conmigo.
Quiero crecer,
sí.
Pero sin perder este fuego.
Esta forma de mirar a la gente
como si cada persona fuera un tesoro
que el mundo dejó olvidado por ahí.
Porque vivir
es como jugar a la escondida:
el secreto no es esconderse,
es buscar.
Buscar lo bueno,
lo raro,
lo nuevo,
lo que duele y enseña,
lo que te hace cerrar los ojos
y sonreír sin razón.
Y cuando ya sea grande,
cuando mis manos sean más grandes
y mi voz más grave,
quiero acordarme de esto:
del sol en el pecho,
del pan crujiente,
del olor que sube por la escalera,
de mis ganas de correr,
de mis ganas de abrazar,
de este amor bruto
por estar vivo.
Porque hoy,
a mis diez años,
yo ya lo sé:
la vida es un regalo fuerte,
a veces como un trueno,
pero un trueno bonito,
de esos que no asustan,
de esos que te hacen decir,
respirando hondo:
Estoy aquí.
Y qué maravilla es vivir.