La muerte me miró de frente,
cara a cara,
sin cuchillo ni sombra,
con la seriedad del campo
cuando decide la cosecha.
Me olió la sangre cansada,
el temblor del hombre roto
que ha vivido de más
sin descanso en el pecho.
Me contó las caídas,
las noches tragadas a solas,
los pasos dados por puro aguante
y no por fe.
Me tuvo.
Como se tiene un trigo
antes de segarlo.
Pero algo vio en mis entrañas:
un amor sin terminar,
una pena aún caliente,
una voz que no había dicho
su último grito.
Y aflojó la mano.
No por piedad,
sino porque todavía
no era mi hora de tierra.
Porque el cuerpo, aunque herido,
seguía llamando al mundo
con dientes y verdad.
Me soltó
como se suelta a un animal
que aún puede arar.
Desde entonces camino distinto:
con la muerte detrás de los ojos,
con la vida pesándome más,
con cada día ganado
a pulso limpio.
Yo sé que volverá.
No me engaño.
Pero ahora vivo
como quien ha sido marcado
por el límite
y ha regresado
con la obligación
de no mentirse nunca más.
Aquí sigo.
De pie.
Con el miedo domado
y la vida,
por fin,
tomada en serio.
Antonio Portillo Spinola