Mira esa roca, José, o como te llames hoy,
un ojo mineral que parpadea espuma
y que se deja lavar la cara
un ser que piensa con la piel y respira por las grietas
mientras el mundo afuera se inventa guerras
naufragios de oficina, de papel y relojes
El mar llega como un rayo que te parte,
pero la felicidad no es ese estruendo de espuma,
sino el silencio que queda justo en el hueco del golpe,
el pensamiento que se queda justo en el centro del impacto,
esa hermosa simetría de saber que nada está perdido
si uno tiene el valor de empezar de nuevo entre la sal.
Afuera, hay quienes miden el desastre con reglas de granito y agua,
pero aquí, en este territorio fuera de toda brújula
la roca no resiste: simplemente está, siendo centro,
simetría de sólido y liquido
descubriendo que la paz es un puente que se tiende hacia uno mismo.
La felicidad es ese juego, esa instrucción para no llorar
que recibimos desde el vientre
porque el pensamiento es un pez que sabe saltar el muro
y encontrar el cielo en el fondo de un vaso de agua.
No elijas la lluvia que te moja, deja que te cale,
que al final la verdadera salvación es este caos
donde cada ola es un capítulo que puedes leer al revés
donde cada golpe es un verso que puedes reescribir
y encontrar el cielo justo cuando la ola parece el fin del mundo.
Al final la verdadera salvación es esta conciencia
de saberte tú, más allá de la roca y la ola