En el jardín donde sembré mis días,
crecieron espinas de quien amé.
Mis enemigos llevan nombres antiguos,
nombres que guardé como oraciones.
La traición no vino con disfraz extraño:
llegó con la voz de quienes llamaba amor y hermano.
Camino calles que conocen mi historia
y paso junto a fantasmas cotidianos.
No hay saludo, no hay gesto, no hay mirada:
solo el eco de una tumba de recuerdos abandonada.
Y decimos el porque duele menos
que así es la vida, que así ha de ser.
Normalizamos estos cielos sin serenos,
este infierno que aprendimos a tejer.
Pero hay algo en mí que aún resiste,
que no quiere olvidar que amé de verdad.
Y aunque hoy me destruyan sin clemencia,
no olvidaré que amé con inocencia.