Quiero sentirte en mi piel
como una herida que no cicatriza,
atada a mis sentimientos
con nudos que ni el tiempo sabe deshacer.
Pesada de dopamina,
incrustada entre mis costillas,
golpeando como un animal preso
casi alcanzando este corazón destripado
que no late: te invoca,
y agoniza por ti.
Oh, amada mía,
dime cómo se le reza a unos ojos tan bellos como los tuyos
para que me miren sin huir.
¿Cómo se mendiga atención
sin perder la dignidad del alma?
Que tu silueta de dama discreta
fingiendo distancia
indiscretamente pronuncie mi nombre
en la soledad tibia de su alcoba,
como si fuera pecado
y alivio al mismo tiempo.
Amantes somos de la vida misma,
pero tú me enseñas el arte de desaparecer:
me guías suave hacia el abismo
mientras tu amor extraño
se impone contra todo mi parecer.
Te miro aun cuando cierro los ojos,
te extraño incluso cuando respiras cerca,
y cuando te vas
dejas el aire incompleto,
como si al mundo le faltara una palabra.
No paro de mirarte,
no paro de perderme,
no paro de caer en la idea de ti.
Quizá loco por usted me encuentro,
y no lo niego:
estoy encantado de tenerla cerca,
pero siempre lejos…
como lunes y domingo,
como diciembre y enero,
como la luna queriendo arder
en el fuego imposible del sol.
Y aun así te espero,
con esta devoción torpe,
con este amor que no sabe rendirse,
porque si amarte es condena,
que sea perpetua,
y si olvidarte es salvación,
entonces prefiero perderme en ti.