Fue un breve ocaso
pero nos envolvió
como si el cielo quisiera detenerse
solo para mirarnos.
La luz cayó sobre tu rostro
con la delicadeza
de un pétalo que aprende a flotar
y por un instante
fuiste mi horizonte perfecto
mi frontera dorada
mi verano sin prisa.
En tus ojos se encendió el día
por última vez
como una promesa que el sol
nos susurró a escondidas.
Ocaso breve, sí,
pero tan nuestro
una amapola de luz
abriéndose entre tus manos
un puente de fuego suave
tendido entre tu pecho y el mío.
Aún siento su resplandor
como si una parte del cielo
hubiera decidido quedarse conmigo
susurrándome que hay amores
que nacen en un minuto
y arden para siempre
en la memoria de la piel.