JUSTO ALDÚ

EDIPO

EDIPO

 

Marcó el oráculo el rumbo con voz de hierro y fuego,

y Layo oyó su muerte escrita así en vientre ajeno;

tembló Tebas de miedo, tembló el linaje pleno,

y el niño fue al desierto con tobillos de ruego.

 

La herida fue su nombre, su destino, su apego,

creció lejos del trono creyéndose terreno;

más Delfos le dio el signo con mandato sereno:

a tu padre matarás, y el fuego amarás luego

 

En cruces de caminos se alzó la sangre oscura,

la Esfinge fue vencida por la voz de lo humano,

y el premio fue la madre vestida de ternura.

 

Fue cuando la peste habló con lenguaje de arcano,

y la verdad desgarró su mirada madura:

se vio rey del delito y verdugo de su mano.

 

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