EDIPO
Marcó el oráculo el rumbo con voz de hierro y fuego,
y Layo oyó su muerte escrita así en vientre ajeno;
tembló Tebas de miedo, tembló el linaje pleno,
y el niño fue al desierto con tobillos de ruego.
La herida fue su nombre, su destino, su apego,
creció lejos del trono creyéndose terreno;
más Delfos le dio el signo con mandato sereno:
a tu padre matarás, y el fuego amarás luego
En cruces de caminos se alzó la sangre oscura,
la Esfinge fue vencida por la voz de lo humano,
y el premio fue la madre vestida de ternura.
Fue cuando la peste habló con lenguaje de arcano,
y la verdad desgarró su mirada madura:
se vio rey del delito y verdugo de su mano.
JUSTO ALDÚ © Derechos reservados 2026