Soneto del vals
Ambos con sumo afán lo hosco aguardábamos
y al fenecer el sol ya nuestras teces
convergían ansiándose con creces;
con nuestras niñas nos achuchillábamos.
Entonces, esa danza que augurábamos
más no la postergamos: tus empieces
táctiles de estuosas insensateces
imantáronme el toráx; nos fregábamos.
Bailamos, dóciles, por el salón.
Tanto anexionáronse nuestras palmas
que ya pretendían tierna inserción,
en la ajena e hirviente entraña, ambas almas.
Fue a través del vals que a mi habitación
advenimos: faustos como unas mialmas.
Soneto feroz
Tras el ingreso cerrose el acceso.
-En la álgida umbría permanecemos...
-¡Incítame a que el rincón alumbremos!
Chispa, chispa. Tras tu blusón travieso
me tendiste un aro tuyo ex profeso
y lo abarqué hasta alcanzar sus extremos
como lo hicieron tus bezos supremos
alrededor de mi pescuezo preso.
Te imité; y de esta guisa nuestros somas
casi nudos. ¡Oh! En dos submarinistas,
bajo el cinto y hacia los mil aromas,
nos tornamos y ¡ay...! ¡luego en absentistas
los tejanos! Sobre mi ser tus lomas
se abatieron y, mi lomo, entre aristas.
Soneto del guaipe
Albas sábanas ya íbamos surcando
en un retozo pleno de erotismo,
envuelto en susurros de harto lirismo
en que el deleite se iba apalabrando.
Cesó el vocablo y se fue amalgamando
lascivamente todo mi organismo
con el tuyo en enjambres de exotismo
y un sensual ente arácnido engendrando.
El artrópodo se contorsionaba
impeliéndose sin detenimiento
¡y cómo a la par este se captaba!
Su tan alborozado mecimiento,
que rijosa fruición nos insuflaba,
era asaz volcánico hostigamiento.
Soneto de la cumbre
¡Qué alentadora reciprocidad!
Con mil aúllos conminando fuimos
al hado para que los briosos mimos,
e impelentes, viesen continuidad.
¡Qué cadenciosa volubilidad!
Ante el delicioso compás asimos
su ritmo con hipidos, como hicimos
con nuestra intersecada agilidad.
No cesó la indómita incandescencia
con la cual tenté nuestra ebullición
mediante desenfrenada imprudencia.
Callé, de modo acelerante: acción
portome a la placentera opulencia,
mas ¡caí hasta en mí haber percatación!
Soneto precoz
En nuestro juego había una promesa
y entremedias la traviesa caricia,
pero acá precozmente la impericia
advino a causa mía con sorpresa.
Fue embarazoso; la atmósfera espesa
y tan injusta, egoísta delicia
que desacató la común leticia
y ultrajó prematura mayonesa.
Ruego un sutil perdón tuyo en el lecho,
que no merezco mayor concesión
ante tu cuerpo áureo e insatisfecho.
Cíñeme hondo con tu ígneo fogón
y enmascara el oprobio que cosecho
de tu torticera desilusión.