Los veo pasar como sombras que nadie quiere nombrar. La calle es su hogar, el hambre su alimento, los harapos su abrigo. A veces llevan una mascota, el único calor que no les falla. Su piel se vuelve acero para sobrevivir inviernos crueles y veranos que queman. Los llaman indigentes, intocables, como si su existencia contagiara algo más que dolor. Pero cada uno guarda un nombre, un sueño robado, una historia que nadie escucha. Podrían formar un pueblo entero, un reino invisible a los ojos del mundo. No los separa el infierno: los separa la crueldad humana.