El concepto de belleza que impera hoy entre algunos humanos es, curiosamente, inversamente proporcional al humano promedio, al cual deberían estar agradecidos. Privilegian a los “lindos” como destinatarios de todo favor y se programan para empujar a todos hacia esa misma dirección, siempre queriendo ser parte, en lo posible.
Pero esta estrategia tiene algunas fallas, aunque sabemos que tratan de ocultarlas e incluso no se detienen a considerarlas. Una de las fallas, entre otras, es la oposición sistemática a que prosperen los “grises”, los sin brillo, los ocultos por la luminaria farsante de unos pocos; estrategia generadora de pobres y de maltratados a los que quieren como lacayos, solo para servir y sin contacto.
Sin embargo, si nos adentráramos en la búsqueda de un poco de verdad, encontraríamos que los grises —incluso algunos nada feos— sufren el estar arrojados hacia una injusta y denigrante estructura social y laboral. Son, en realidad, quienes movilizan las ruedas que mantienen andando el sistema; quienes producen los excedentes que nunca ven y que usufructúan los “lindos”, los poderosos, los confiscadores de sueños y de vidas que se quedan con mucho de lo que no les pertenece.
Los grises apenas subsistimos, abroquelados en guetos que todos aprueban. La prosperidad y la belleza no son escasas: están secuestradas.