Alberto Escobar

Unos anillos

 

 

No se le cayeron los anillos/ Y en el transcurso de la contienda tampoco, de casada, era de casada ese anillo de oro blanco, el butanero que gritaba la bombona del sexto como para despertar a la del cuarto, el tercero, el séptimo..., y María, circunspecta, calma en ristre, soportando la marejada de la voz bronca de su marido, intentando, entre la maleza de sus palabras, hilvanar argumentos para convertir discusión en diálogo, pero no lo consiguió, no lo acabó por conseguir porque su marido —no me interesa cómo se llama, qué más da— no pretendía entenderse, rescatar del naufragio ese maltrecho barquillo en el que ambos iban navegando desde hacía tiempo, ella sí, pero se vio sola en el achique de aguas, era demasiada, casi un diluvio. No se le cayeron, no/, y derrotada, sobre la cama, descansando de tanto nadar contra corriente, tuvo que echar mano del teléfono y llamar a su hermana, que a lo mejor trabajaba en ese momento, temía por su vida porque la voz del marido crecía como brazos de hidra, los oídos eran almendra machacada ya, a esas alturas, y no pudo menos que decidir la retirada, rendida, le doy la razón si es eso lo que quiere, no me importa, me importo más yo, mi supervivencia en este infierno, seguir aunque fuese mal respirando como hasta ahora...
No se le acabaron de caer, no, tuvo la entereza que solo privilegiados tienen, ella era uno de ellos sin duda, y al final optó por formar un hatillo con su poca ropa y abandonar a su suerte el hogar hasta entonces \"conyugal\" para cumplir el descanso de la guerrera allende este infierno, y reponerse, lamerse sus heridas con el escaso poder cicatrizante de su saliva y proseguir, muy a pesar de sí, pero proseguir, sus hijos tiraban de ella como bueyes del carro de un arriero y no, no podía detenerse por nada del mundo, y por un hombre menos, y menos por ese hombre, por este hombre que sí, le dio hijos, plantó unas margaritas en un jardín que de otra forma pudo quedar marchito, pero a qué coste dios mío, a qué tan grande coste, dios. No, no se le cayeron, no, y ahora descansa; pude ver la paz en su cara, la paz de esa escasa muerte, ese fragmento de muerte que significa el sueño, y más el plácido, el sin peso, sin mala conciencia; hizo lo que pudo por salvar los muebles de tan anunciado naufragio...