Jared Rosado

Ajedrez

Jugué de pequeño, a los 7 u 8 años. Tenía un maestro que llevaba una coleta (cola de caballo) y
fue quien me inició en el mundo del ajedrez; yo era su único alumno. Recuerdo que una vez
invitó a dos estudiantes de secundaria para que jugaran contra mí al mismo tiempo, y les gané a
ambos. En ese entonces mis papás aún estaban juntos; de hecho, dejé de asistir a las clases
porque tuve que mudarme cuando se separaron. El último día que vi a \"Cola de Caballo\", me
regaló un tablero de ajedrez profesional.


En la primaria de ese nuevo pueblo me gustaba mucho enseñarles a mis amigos; nunca podían
ganarme. Incluso participé en un torneo que organizó la escuela; no recuerdo si gané o perdí,
como tampoco recuerdo el resultado de aquel torneo al que asistí con mi maestro en el
Polifuncional de Kukulcán, aquí en Mérida. Sin embargo, relaciono esos lugares con momentos
donde me sentía muy feliz.


No volví a inscribirme en torneos ni a tomar clases. El último día de clases decidí regalar mi
ajedrez a la primaria; mantengo la esperanza de que siga ahí, siendo usado por más niños y
encendiendo pasiones.


Hoy asistí a un taller en mi facultad. Llevé mi ajedrez, pero no era un tablero cualquiera: este me lo había dado Belem, mi exnovia, días antes de terminar: es un tablero gigantesco, magnético y profesional. Llegué una hora tarde porque no encontraba el
lugar; cuando entré, estaban explicando conceptos como el jaque y los peones doblados.


Al finalizar la teoría, jugamos entre nosotros y les gané a dos personas. El primero era un
compañero que jugaba por primera vez; lo dejé sin piezas y luego le hice jaque mate. Tomé
ventaja desde el inicio y nunca la solté. Lo importante de esa partida fue que, al terminar,
empecé a darle consejos: le hablé sobre sacar los peones centrales en la apertura, el objetivo de
desarrollar las piezas de la segunda fila, entre otras cosas.


Después, uno de los integrantes del club de ajedrez (quien ya no era principiante) decidió jugar
conmigo. La partida comenzó muy igualada; él cometió un error tras la apertura y gané la
ventaja de un caballo, aunque luego la perdí al entregar mi alfil. Me fascinó el \"campo de
batalla\" que construimos; había miles de posibilidades y yo buscaba la mejor jugada, dejándome
llevar por mi instinto en varios momentos.


La partida comenzó a inclinarse hacia su victoria. Me había ganado mucho material y mi derrota
parecía inminente. En ese instante pensé que, aunque perdiera, este juego me daba muchísima
felicidad y que le pediría consejos a mi contrincante. Sin embargo, en los momentos finales, el
juego dio un giro de 180 grados.


Visualicé una jugada; la sentía. Como última esperanza la ejecuté y me di cuenta de que era el
camino correcto para un mate inevitable. Pasé de estar a punto de perderlo todo a ganar en dos
movimientos. Moví mi reina hasta la penúltima casilla (en el extremo izquierdo); su rey estaba
en la otra punta. Él tenía allí sus dos torres y su reina; sin embargo, había toda una fila libre para
el paso de mi torre. Aunque sacarla implicaba el riesgo de que sus piezas bajaran a hacerme
mate (mi rey estaba enrocado y sin peones avanzados), me arriesgué. Moví mi torre, capturé un
peón y di jaque al rey. Él solo podía moverse a la izquierda; coloqué mi reina al lado de mi torre
y gané.


Mi contrincante se sorprendió y yo aún más; no esperaba ganar. Al finalizar, me quedé
analizando el tablero en silencio. Eso fue todo.