Sísifo alzó la roca como alzó su camino,
desafió a los dioses con la astucia y el fervor;
burló pactos y sombras, burló muerte y rigor,
y selló con su engaño la condena del “sino”.
La piedra fue su mundo, su castigo y designio,
subía la ladera con sudor y clamor;
cada intento era tiempo desgarrado en dolor,
cada cima negada marcaba vaticinio.
Mas él supo que insistir lo hacía más consciente,
empujar era forma de desafiar el día;
y no hay pena que derrote al pulso persistente.
Así rueda la roca sin término ni guía,
y el hombre que al repetir se afirma nuevamente:
vivir es resistir: se vuelve ley la porfía.
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* “sino” no significa simplemente “destino” en un sentido neutro, sino un destino impuesto, sellado y trágico, casi como una sentencia escrita por fuerzas superiores. No es el camino que se elige, sino el que cae sobre el personaje como una marca ardiente.
Funciona como una palabra-oráculo: no es solo lo que va a pasar, sino lo que no puede dejar de pasar, el reloj eterno de la roca que siempre vuelve a caer.
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Los que no están perfectamente construidos son los hemistiquios.