Fui la reina de la apatía durante mucho tiempo.
Y ahora por estos días —por trepa, por fraude— me desterraron de mi reino anárquico de agonía y desesperación.
A veces, cuando la presión de la idealizada dicha me oprime el pecho hasta resquebrajarme el tórax, siento verdadera nostalgia por aquellos días. Donde los vástagos a los que los sanitarios llaman ‘mis órganos’ se doblegaban, dóciles, ante mi glorioso mandato de eterna melarquía.
Ahora, una vez instada a claudicar, rememoro los tiempos en los que me sentí acogida, aunque fuese por la mismísima melancolía.