☆ Carl ☆

Anotaciones para un Mes que Persiste

¿En qué momento una pantalla deja de ser vidrio
y se vuelve umbral?
No hubo campanas ni prólogo:
solo el pulso breve de un mensaje
y la casualidad vestida de costumbre.

Primero fue lo leve,
lo que no exige nombre:
palabras pequeñas,
risas que caben en una línea,
un juego como coartada
para no decir todavía “me quedo”.

Y sin embargo, me quedé.

La conversación, al inicio, era un pasillo:

entrar, salir, saludar,
dejar migas de presencia
como quien teme ser demasiado real.
Luego el pasillo se volvió casa sin anunciarse,
porque hay hogares que se construyen
con repeticiones mínimas:
“¿ya estás?”, “¿jugamos?”, “aquí”.

Diciembre tiene esa manía:

convierte lo cotidiano en rito
y lo efímero en estación.
Uno cree que solo pasa el mes…
y de pronto el mes te pasa por dentro.

Nos fuimos conociendo sin estruendo,
como se descifra un mapa bajo lluvia:
por partes, por intentos,
por detalles que parecen insignificantes
hasta que un día ya pesan.
Se aprende un horario,
una forma de reír,
una manera exacta de desaparecer
y volver.

Hubo roces suaves,
esas fricciones que no rompen
pero dejan una marca
para recordar dónde no empujar.
Y aun así, al final de diciembre,
algo estaba armado:
un andamiaje de mensajes,
una cuerda fina,
un hilo de Ariadna tendido
entre dos distancias.

Del uno al seis de enero
la trama se hizo más lenta,
casi artesanal,
como si el tiempo nos pidiera
paciencia y puntada:
una hebra por día,
un gesto por costumbre,
una confianza que no se declara
pero crece.

Hasta que el silencio:
una semana con forma de ausencia,
un cuarto sin luz,
un chat convertido en pasillo vacío.
Y qué extraño,
cómo el vacío suena
cuando ya estabas acostumbrado al ruido.

Después, el regreso —
no como hazaña,
sino como ese acto simple
que sostiene mundos:
alguien vuelve a escribir
y el universo recupera su gravedad.

Entonces reaparecieron los lugares:
ciudades de bloques,
mundos de plástico,
puentes hechos de nada
sobre un abismo que era solo “internet”.
Y una película —larga, extendida—
repitiéndose como si la repetición
fuera una manera de decir
“esto también es refugio”.

Hay personas que miran historias

una y otra vez
para comprobar que el final sigue ahí,
que el hechizo no se evapora,
que la magia resiste la rutina.
Y así, sin decirlo,
fuimos aprendiendo a quedarnos:
en el metraje prolongado,
en la noche sin prisa,
en el “otra vez”
que no aburre.

Me pregunto cuándo exacto
dejó de ser “conocer”
y empezó a ser “construir”.
Porque construir no siempre se nota:
a veces es solo volver,
volver sin hacer ruido,
volver con la misma naturalidad
con la que vuelven las estaciones.

Y diciembre —otra vez diciembre—
se quedó como una firma:
un nombre secreto en el calendario,
un punto cardinal
para encontrar la puerta
cuando el mundo se desordena.

Si algún día me preguntan cómo empezó,
no sabré decirlo en una frase.
Diré: fue un intersticio.
Fue un hilo.
Fue un juego.
Fue una pantalla que dejó de ser pantalla.
Y fue, sin darnos cuenta,
la paciencia de lo pequeño
volviéndose destino.

Diciembre.