La mujer que no ves aprendió a hacerse pequeña para sobrevivir. La vistieron del color que otros decidieron y la encerraron en moldes que nunca le pertenecieron. Guardaba un rosa en el bolsillo, un gesto mínimo de insumisión. Un día encontró un hilo suelto en su disfraz y tiró de él. No hizo falta más: la caja que la contenía se abrió como se abren las cosas que jamás fueron hogar. Entonces se miró al espejo y, detrás del velo impuesto por otros, reconoció por fin su propio rostro, libre y verdadero