Jesus Armando Contreras.

Los domingos

Cada semana me llevaban.
Yo no sabía por qué.
El mundo una mano grande
apretándome la fe.

Veía todo con cariño,
creía en lo que miraba.
Mi corazón era un sitio
donde el miedo no mandaba.

Pero el camino terminaba
siempre en el mismo lugar:
un toro cayendo al polvo
para enseñarnos a gritar.

Decían que era costumbre.
Yo solo veía dolor.
Un cuerpo grande temblando
igual que mi corazón.

El toro quería huir.
Yo también buscaba escape.
Ninguno podía soltarse
cuando la muerte hace alcance.

No tenía fuerza en las manos.
Solo ojos para mirar.
Y cada golpe en su lomo
me dolía un poco más.

A veces pedía en silencio
que ocurriera algo distinto:
que el toro volteara el juego,
que el miedo cambiara de sitio.

Cuando el toro se defendía
yo respiraba mejor.
No quería que muriera
sin decir que era valor.

Después crecí.
Y todavía
cuando la gente celebra,
mi corazón mira al lado
y algo en el pecho se quiebra.

Jesús Armando Contreras.