Ya no empuja: acompaña.
La voz, cuando encuentra su forma, no irrumpe, permanece.
No busca convencer ni levanta banderas.
Dice lo justo, como quien enciende una luz para ver el borde de la mesa.
Entonces se vuelve silencio habitable: un quedarse que ilumina, que decide, que sostiene, que vive.
Y esa voz -que es la nuestra- se ofrece al mundo.
No grita.
No explica.
Se queda.
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Rafael Blanco López
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