Venimos del barro,
con los pies llenos de nombres
que nadie quiso aprender.
Traíamos hambre antigua,
pan sin bandera,
y una casa prometida
a cambio del lomo.
Y al llegar,
cuando el miedo aflojó un segundo,
alzamos la mano dura
contra el que venía sangrando igual.
—Yo ya pasé—
gritamos
con la boca prestada del amo.
—Que no entren más—,
como si el dolor tuviera cupo,
como si el sudor se acabara,
como si Roma pagara a alguien.
Pero Roma no paga.
Roma exprime.
Roma ordeña la miseria
hasta dejarla seca
y luego la arroja.
El que fue herido
aprendió a herir.
El que fue nadie
quiso ser muro.
Y así,
el pobre vigila al pobre,
el hambre muerde al hambre,
y el miedo firma leyes
con sangre compartida.
No hay papeles que limpien
la memoria del barro.
No hay traición que compre
un sitio al sol.
Porque cuando el viento gire
—y siempre gira—
no preguntará a quién obedeciste,
sino a quién negaste.
Y entonces caerán los muros
hechos con manos cansadas,
y entenderemos tarde
que nadie se salva
solo.
Roma también tiene hambre.
Y cuando coma,
no preguntará tu nombre.
Antonio Portillo Spinola