Llegaste sin hacer ruido,
como llegan las cosas que cambian la vida,
con los ojos llenos de verdad
y el alma desnuda,
lista para amar sin medida.
Tu nombre se volvió oración en mi boca,
refugio cuando el mundo dolía,
y cada vez que te pensaba
el corazón entendía
que había encontrado su hogar.
Amarte fue un acto de fe,
creer incluso en los días grises,
cuando el miedo tocaba la puerta
y aun así tu amor
me enseñaba a quedarme.
Tu risa tenía el poder de sanar,
de romper mis silencios rotos,
y en medio del caos
eras calma,
eras luz sosteniendo mi sombra.
Hubo noches largas sin palabras,
donde solo el recuerdo ardía,
y aun en la distancia
tu amor me abrazaba
como si nunca te fueras.
Te amé con mis errores abiertos,
con las manos temblando,
sin promesas perfectas,
solo con la verdad
de un corazón sincero.
Eres mujer hecha de fuego y ternura,
de fuerza callada y mirada profunda,
una batalla hermosa
que valió cada herida
y cada latido entregado.
Cuando dudé de mí, fuiste certeza,
cuando caí, fuiste sostén,
y cuando el mundo pesó demasiado
tu amor fue razón
para no rendirme.
No fue un amor fácil,
fue real,
con lágrimas escondidas,
con silencios que dolían
y abrazos que salvaban el alma.
Si el tiempo decide probarme,
si el destino intenta alejarnos,
sabré que amarte
fue lo más humano
que hice con mi vida.
Porque entre todas las historias,
entre todos los nombres del mundo,
mi verdad sigue siendo la misma:
yo solo te amo a ti,
ayer, hoy y siempre.
Poeta: Esequiel