El sueño no era imposible.
Era real
en el sentido más peligroso de la palabra.
Podía ocurrir.
Por eso dolía.
La conciencia no le tuvo miedo al deseo,
sino a la memoria.
No al futuro,
sino a lo ya aprendido del mundo.
Porque el sujeto no teme fallar,
teme volver a comprobar
lo que ya sabe.
Así, la razón negocia con la ilusión:
no te niego,
pero no te expongo.
El sueño se repliega
no como renuncia,
sino como conservación del ser.
Pensarlo
es una forma de tocarlo
sin riesgo ontológico.
Soñarlo
es permitirle existir
fuera del tiempo.
La mente —que no distingue del todo
entre lo vivido y lo asumido—
archiva la ilusión
como si hubiera sido.
Y el yo,
construido sobre memoria,
se apoya en ese recuerdo adoptado
para seguir siendo.
¿Importa si ocurrió?
Solo si la verdad
vale más que la continuidad.
La ilusión no niega la realidad;
la suspende.
La rodea.
La vuelve habitable.
No es engaño,
es estrategia.
Porque cuando existir
se vuelve una carga excesiva,
la conciencia elige
no lo verdadero,
sino lo posible para permanecer.