Entré con jeans sencillos
y el corazón vestido de once años,
llevaba el cabello suelto
porque ya no sabía esconderme de mí,
y unos lentes oscuros
para que no viera en mis ojos
que el amor no siempre muere
cuando debería.
Él estaba sentado
como si el tiempo no hubiera pasado,
sonrió desde lejos
y yo escribí mi nombre con mano torpe,
porque hay nombres que tiemblan
cuando el pasado respira cerca.
Hablé sin gritar.
Pedí lo justo.
Dije la verdad como quien coloca
un acta sobre la mesa del alma.
Él negó.
El silencio lo desmintió.
Cuando quedamos solos,
me preguntó por qué hasta hoy.
No respondí.
Hay preguntas que Dios responde mejor
cuando una calla.
Caminamos.
Tomamos café.
Me miró buscando a la mujer
que alguna vez lo esperó intacta.
Yo le mostré a la que sobrevivió.
Le conté lo que nunca grité:
el abandono,
la casa abierta como herida,
el hijo que se fue sin nombre,
el cuerpo de cuarenta y cinco kilos
y un corazón que aprendió
a no pedir explicaciones.
Él bajó la mirada.
Pidió perdón.
Y por primera vez entendí
que el amor no siempre salva,
pero revela.
Quise que me abrazara.
No lo hice.
Quise llorar.
No lo hice.
Porque hay días
en que la fortaleza
es una forma silenciosa de fe.
Nos despedimos sin despedirnos.
Él se quedó atrás.
Yo crucé el puente sola.
Y en ese cruce entendí
que perder también es una manera
de obedecer a Dios.
Si Cristo decide darnos palabra de nuevo,
que sea sin mentiras,
sin casas robadas al alma,
sin silencios que enferman.
Y si no,
que este amor descanse
como descansan las cosas
que fueron verdaderas
pero no eternas.
𝓜𝓪𝓿𝔂♥️
27-01-26
4:00 pm 4:21 pm