DIGNIDAD FRENTE AL ABISMO.
A la vida le entregamos la sangre, el asombro y la lucha; a la muerte, jamás tributo.
Vivir es un acto de rebeldía luminosa, una afirmación sagrada frente al abismo.
La muerte no recibe ofrendas: solo recoge lo que la vida ya consagró. Por eso amamos, creamos y resistimos, haciendo de cada instante un símbolo de eternidad conquistada.
A la vida le damos el pulso, la voz y la memoria; a la muerte, ninguna obediencia.
Vivir es sostener la llama frente a la sombra, es decir sí cuando el vacío exige silencio. La muerte no merece dones: llega desnuda.
La vida, en cambio, reclama entrega total, porque en cada acto humano se funda la dignidad de existir.