Diego Ascanio

La Fuga

Esta ciudad de precipitaciones está, paradójicamente, inmóvil.
En los rostros de la gente, las gotas se mezclan con el llanto:
la única forma de expiación que han logrado;
fingir estar empapados cuando la tormenta es por dentro.

Esta ciudad de muchos está, sorprendentemente, deshabitada.
En las calles, la gente se acumula;
los cuerpos se confunden con las almas.
La única forma de vida que encontraron:
fingir saber lo que se hace cuando el corazón está en otro lado.

No sé bien cómo definir un lugar como este,
donde la lluvia es intermitente,
la gente está seca de pasión
y el olor a desprecio habita cada calle.

Quién sabe cuándo podré explicar esta ciudad;
tal vez nunca lo haga y, contrario a mi pensamiento,
esta capital me explique a mí:
un sin nombre, como todos,
que perdió el tiempo.

Caminaré hacia la utopía,
aunque eso signifique perderme
en el horizonte donde cae el sol,
que me quemen los pies
y lloren mis pasos.