Era nada más que un bulto pestilente en medio de la calle, todos los que pasaban miraron mas nadie habló ¿para qué? Los desperdicios comenzaron a llegar incluso de puntos ajenos a la colonia, de manos de gente elegante cuyas residencias elegantes lucían impecables gracias al trabajo de gente menos favorecida, gente elegante que se transportaban en automóvil propio y resguardaba sus bienes con alarmas, cámaras y dos o tres canes de raza. Había una gran manta advirtiendo de multas, pero en la práctica y como si fuera una burla, la basura se cumulaba en ominosas cantidades sin que los culpables fueran identificados y mucho menos sancionados, eso a pesar del descaro con que se presentaban a plena luz del día ¿los vecinos? Bah, a todo se acostumbran, incluso al foco de infección en que ese espacio cuyo dueño (si lo había) no había reclamado o destinado a un uso noble.
Era un bulto mal envuelto en un plástico que dejaba ver parte de sus extremidades: hocico, cola, parte del lomo, unas patas y en ese reconocimiento uno podía concluir que no se trataba de un animal callejero, acostumbrado a alimentarse de cualquier sobra, a permanecer con la mugre y el polvo adheridos a su pelaje permanentemente, no, ese animal pertenecía claramente a una raza reconocida por su inteligencia y obediencia, se trataba de un animal hecho para nobles causas pero que necesitaba (por sus características) cuidados y atención especial, no para ser tratado como adorno o signo de estatus en cualquier casa que no reuniera las condiciones ni el espacio necesario para conservarlo.
Algo estaba claro: El bulto pestilente que alguna vez tuvo nombre, vacunas, baños, paseos, etc. No pertenecía a la colonia, había unos cuantos, como él, muy pocos, visiblemente estresados o deprimidos detrás de las rejas de algún domicilio, pero específicamente con esas características no, específicamente de esa raza no; su presencia era una demostración vergonzosa de la clase de seres indignos del título humano que sin ninguna consideración decidieron aventarlo como si se tratara de un objeto desechable a varios kilómetros lejos de lo que habría sido su hogar, una criatura que había tenido nombre y a la que de nada le sirvió el pedigree, ahora, tal vez por enfermedad, por viejo o por incosteable se convirtió en un estorbo y los dueños decidieron hacer de cuenta que no existió, dejar su “problema” a la intemperie y que otros lo solucionen como puedan.
Era un animal muerto simplemente, no el primero, no el último, y ese es realmente el problema, un animal que tuvo hogar, cuidados, alguna vez cariño aventado como se tira una fruta magullada es preocupante, porque ¿qué sigue? Un recién nacido?¿un anciano? ¿Un miembro de nuestra propia especie incapaz de defenderse desechado por incómodo, por ominoso o simplemente porque se puede? ¿Alguno que no posea la importancia necesaria para que su caso golpee en la conciencia de quienes presencien tal decadencia como especie, tan nulo aprecio por la vida en general, tal apatía que alimente el morbo con su desgracia?
Las conjeturas están demás, un animal es un animal, no se le reza (ni le hace falta para llegar a su paraíso) tampoco se marca el lugar de su descanso eterno con una cruz; y sin embargo deja una huella, un vacío que en teoría debiera remover algo en el corazón, ese algo de cariño que unas lágrimas despidan, un cúmulo donde su cuerpo inanimado no se deteriore grotescamente, una dignidad que cualquier cuerpo que haya albergado vida merece cuando ha significado algo en nuestra vida y que nos eleva por ese trato al pináculo de la creación con todos los méritos y responsabilidades que ello conlleva logrando así que una civilización prospere, porque, de otra manera no podremos trascender al siguiente nivel ni hacernos merecedores a gozar de un ambiente más sano, más sofisticado o por lo menos un poco más humano.