La tristeza
es un cuervo sin ojos
posado en el reloj del pecho,
picoteando el tiempo
hasta dejarlo quieto.
Habita en habitaciones cerradas,
donde el aire aprende a doler
y los nombres pierden forma,
como velas apagadas con saliva.
No llora.
Oxida.
Convierte la esperanza en ceniza húmeda
y la fe en un eco que se arrastra.
En su altar no hay dioses,
solo promesas colgadas del cuello
y un corazón latiendo lento,
no por vida,
sino por costumbre.