Las costumbres no irrumpen.
Aprenden primero la forma de la casa, el peso de las sillas, la hora exacta en que nadie pregunta nada.
Se sientan.
Y un día hablan por nosotros.
Las llamamos refugio, aunque a veces nos queden angostas.
Repetimos gestos para no pensar, horarios para no sentir, palabras heredadas para no abrir grietas.
Hay costumbres que abrigan como el vapor de una taza de café, y otras que se quedan pegadas como tela mojada sobre la piel.
Lo difícil no es romperlas, sino advertir el instante preciso en que dejaron de cuidarnos y empezaron a sostenerse solas.
Porque también es costumbre creer que cambiar es perder algo, cuando a veces es la única forma de volver. sin saber a dónde.
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Rafael Blanco López
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