Jesus Armando Contreras.

Guayacán

Este poema no intenta decir más de lo que viviste.
Solo nombra lo que ya estaba en ti
y merece permanecer.

Hay valores que se enseñan
sin escuela ni cuaderno,
y hay gestos que se hacen vida
cuando el tiempo pasa lento.

Esto no es cuento inventado
ni palabras por respeto,
el guayacán es historia
de un padre hecho recuerdo.

Juan Ruiz Alcoba se llama
el hombre del que hoy les cuento
supo sembrar el futuro
con sus manos y su aliento

Desde Casanay lo trajo
como quien guarda un secreto:
no era un árbol solamente,
era esperanza en el pecho.

Lo sembró frente a la torre,
en la avenida, hace tiempo,
no buscó aplauso ni sombra,
solo dejar algo bueno.

Y había un niño en la escena,
Luis Beltrán, muchacho atento,
que regaba aquel guayacán
por mandato y por afecto.

Cada balde fue enseñanza,
cada gota, un pensamiento:
lo que se cuida con amor
crece firme, crece eterno.

Pasaron años y estaciones,
pasó la vida del pueblo,
y el árbol siguió de pie
como un padre en el silencio.

Allí estaba Juan presente
sin retrato ni cemento,
porque hay hombres que no mueren
si viven en lo que hicieron.

Una placa quiso un día
nombrar lo que era cierto:
que ese tronco no era sombra,
era memoria por dentro.

Pero llegó un carro oscuro,
la noche, el trago, el exceso,
y en un segundo sin alma
se quebró lo que era eterno.

No cayó solo un guayacán,
que se diga sin rodeos:
cayó un padre en la memoria
de un hijo mirando al suelo.

Porque cuando un árbol muere
no siempre muere en el suelo,
a veces cae en el pecho
y duele más que el silencio.

Hoy no se piden castigos,
piden memoria y respeto:
que quien pase por el sitio
sepa lo que hubo primero.

Que un hombre sembró futuro
sin saber cuán grande es eso,
y que hay raíces tan hondas
que no las saca ni el tiempo.

Jesús Armando Contreras.