El límite no siempre es un muro,
a veces es un suspiro que no se anima a salir,
una palabra mordida por el miedo,
un paso detenido justo antes de creer.
El límite nace cuando el alma duda,
cuando el corazón se cansa de empujar puertas
que prometen cielos
pero devuelven silencio.
Hay límites que nos ponen otros,
con manos ajenas y voces prestadas:
“no podés”, “no llegás”, “no sos suficiente”.
Y uno, sin darse cuenta,
les construye una casa dentro del pecho.
Pero también hay límites que elegimos,
como trincheras para no rompernos,
como pausas necesarias
cuando el dolor ya aprendió nuestro nombre.
El límite es esa línea invisible
entre aguantar y soltarse,
entre amar con todo
o salvar lo poco que queda de uno.
Es el punto exacto
donde el orgullo se arrodilla
y la dignidad se levanta.
Hay días en los que el límite pesa,
como una mochila llena de recuerdos rotos,
y otros en los que se vuelve liviano,
cuando entendemos que no todo se cruza,
que no toda batalla merece sangre.
El límite aparece cuando el amor duele mal,
cuando deja de curar
y empieza a herir sin pedir permiso,
cuando ya no suma,
cuando resta identidad.
Amar también tiene límites,
aunque nos hayan enseñado lo contrario.
Porque amar no es perderse,
no es callarse para que el otro brille,
no es achicarse hasta desaparecer.
El límite es decir “hasta acá”
sin gritar,
sin odio,
sin rencor,
pero con una firmeza
que tiembla y aun así se sostiene.
Es aprender que no todo lo que se quiere
se debe sostener,
que soltar no siempre es rendirse,
a veces es sobrevivir.
El límite separa el ayer del mañana,
lo que fuimos
de lo que todavía podemos ser.
Es ese segundo eterno
antes de cambiar de rumbo,
cuando el miedo discute con la esperanza
y el alma, cansada,
elige por fin escucharse.
El límite no mata sueños,
los ordena.
No apaga pasiones,
las protege.
No nos vuelve fríos,
nos vuelve honestos.
Porque quien no conoce sus límites
termina viviendo en los de otros.
Y un día entendemos
que el límite no era el final,
sino el comienzo más difícil:
el de respetarse,
el de ponerse primero sin culpa,
el de mirarse al espejo
y no pedir perdón por existir.
El límite es amor propio aprendiendo a hablar,
es el corazón diciendo basta
para poder seguir latiendo.
Y cuando lo cruzamos —si es nuestro—
no caemos,
volamos.
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27/01/2026