No es solo que hayas crecido,
que el tiempo se haya vuelto una costumbre
o que tus pasos ya no busquen mi mano
para cruzar la calle de los miedos.
Es que, en tu crecimiento, hija,
hay una geografía de recuerdos,
pequeños mapas de risas y de asombros
que guardo como un tesoro clandestino
en el bolsillo izquierdo de la memoria.
Me regocijo con solo mirarte,
aprender cómo eres, quererte como eres;
mi anhelo es, en cambio, más profundo,
que en este mundo que a veces se nos rompe,
vos sigas construyendo tu propia primavera.
Creciste con la ternura como bandera,
sin que la madurez te robara los duendes,
porque crecer no es volverse de piedra,
sino ensanchar el alma para que quepa el prófugo,
el sueño, la esperanza y el futuro.
Me gusta verte andar, dueña de tus derrotas
y arquitecta de tus próximos abrazos,
sabiendo que el pasado es un puerto seguro
pero que tu destino es, sencillamente, el mar.
Quédate en tu alegría, que es tu mejor escudo,
y recuerda, por si alguna vez te hace falta,
que aquí mi afecto es un gigante invicto
y mi esperanza, el norte que te sigue.