Cuando el alma se fue, calló la tierra.
El aire, conmovido, se detuvo,
y un temblor me cruzó como una sierra
de fuego dulce, hondo y absoluto.
No hubo sombra, ni pena, ni frontera:
solo un rumor de vida que subía,
una corriente clara y verdadera
que el cuerpo ya no contenía.
Sentí su pulso arder dentro del mío,
como si el sol llorara desde dentro,
como si el llanto se volviera río
y el río se durmiera en su epicentro.
Comprendí que morir no es acabarse,
sino volver, desnudo, a lo que empieza,
dejar que el corazón pueda entregarse
a la raíz que todo lo atraviesa.
Y supe —en un silencio sin medida—
que quien se va no muere, se reparte,
que su fulgor sostiene nuestra vida
y su amor nos aprende a recordarte.
Antonio Portillo Spinola