Elegía de la privatización
Cuando lo común se esfume tras cristales de propiedad,
la noción de pertenecer a un pueblo se desvanece.
No existirán garantías innatas.
Solo acuerdos firmados con tinta fugaz.
Se apagarán los faros que guiaban al colectivo.
Surgirán peajes en cada sendero antiguamente libre.
La justicia portará una balanza distinta,
donde el peso del metal decide la inclinación.
Seremos usuarios con un número asignado,
consumidores con fecha de caducidad.
Útiles mientras nuestra productividad tenga cifras verdes.
Un lastre si nuestro cuerpo flaquea, si el tiempo nos alcanza o si alzamos la voz.
La gobernanza compartida no se extingue con ruido de sables.
Se deshila al subcontratarse.
Al fragmentarse en lotes.
Al subastarse en el mercado al mejor postor.
Esta visión no pertenece a la ficción lejana.
No es un augurio desmedido.
Es el diseño. La arquitectura de un mundo cercado.
La plaza pública, ahora centro comercial,
solo abre sus puertas con un pase dorado.
Los parques son jardines con carteles de prohibido,
donde el aire se paga por minuto respirado.
El hospital mira sin ver al que sufre,
si en su bolsillo hay vacío o silencio monetario.
La escuela enseña solo al que puede comprar
el derecho a saber, el privilegio del entendimiento.
La ley es un documento con cláusulas pequeñas,
que el poderoso interpreta a su favor y antojo.
La dignidad, un artículo de lujo,
que nunca se rebaja en el gran escaparate.
Así se construye el futuro parcelado,
ladrillo a ladrillo, impuesto a impuesto.
Donde el valor de un ser se mide en transacciones,
y el bien común es solo un fantasma de un texto.
La libertad se reduce a elegir entre marcas,
la seguridad, un servicio de alquiler.
La solidaridad, un concepto arcaico,
reemplazado por suscripciones al escudo personal.
Nadie vendrá a rescatarnos con espadas brillantes,
pues el enemigo no lleva armadura ni rostro.
Es un sistema lento de concesiones y tasas,
que convierte en cliente, nunca en dueño de su propio asombro.
Este es el mapa detallado, la hoja de ruta fría.
No un grito de alarma, sino la descripción de la mañana que llega.
El mundo se convierte, sin estridencias ni sangre,
en un catálogo infinito donde todo tiene un precio.
—Luis Barreda/LAB
Glendale, California, EUA
Enero, 2023.