La tarde fría sonriente, acompaña
el sonido tímido de la brisa;
las hojas tibias sienten la caricia
mientras el viejo puente se amaña.
Es una sensación fresca y extraña
en la piel del que camina gustoso
como de aquel que siente en reposo
el viento tenue de la montaña.
Con su vivaz mirada en la ventana,
la silueta del poeta que compone,
medita, cavila y se repone
de la herida de amor malsana.
La tarde no parece veraniega
porque el viento muestra su encanto;
árboles y entorno siguen su canto
acompasados con total entrega.