Entre paisajes otoñales quedaba algo descrito como vacío, un vacío invisible, pero que se sentía en cada lugar por donde pasaban.
Como fantasmas, sosteniendo fragmentos de nuestra esencia, querían dejar en claro una parte de sí en este mundo.
Sus recuerdos no eran amables al caer la noche, pero algo se aprendía al atravesarlos: el valor de recordarlos, de darle memoria a sus nombres.
Aunque hayan desaparecido del mundo, su ausencia es un eco que nos refleja qué tan fácil podríamos desvanecernos, de forma tan misteriosa como sus cenizas.