La vejez del poeta
En la vejez, el poeta se vuelve monumento vivo: ¡oh dignidad del tiempo escrito en la piel! Sus canas son constelaciones de memoria, su voz, templo del asombro.
Ha sobrevivido al olvido para enseñarnos que la palabra, cuando es verdadera, no envejece: se consagra, se eleva y nos nombra humanos.