asegura1617
Colmado de tu nombre
Escribo porque esta es mi manera de hablarte en voz alta. Porque en cada signo confirmo que hueles a vida. Que a tus gestos los rodea el misterio de la misma forma que a tus palabras. Que te mueves con aire inesperado, despertando siempre una pregunta. Que la luz te persigue para que tu cuerpo nunca le haga sombra a lo que dicen tus huellas sobre las cosas.
Escribo porque es el mejor modo de acercarme, de entrar en tu atmósfera. Entregándote esta cadencia, que no es sino mis rodillas ofreciéndose a la altura de tu boca, para que me bendigas con la sencillez con que pronuncias mi nombre. Como si la consonante vibrante se diluyera en tu saliva, para no agravar o perjudicar las aristas de su cielo.
Me precipito a este gesto porque yo no sé si está es la última ocasión, la última palabra, en la que te nombraré sin disponer de ti en carne y sangre. Porque yo no sé si tendré la fuerza para articularte de viva voz con la misma diligencia que creo encontrar aquí. Ya que la vida, el instante, no deja espacio para que la belleza pueble los espacios que busca la lengua. No se pueden juntar dos adjetivos sin que aparezca el dolor, el arrepentimiento, la lágrima. Por lo mismo, no se puede hablar de mañana sin que la esperanza nos tiemble en los labios como un nenúfar en la superficie.
Me desplomo hacia mis manos porque sé que llegarán a dos puntos y tendré que detenerme a averiguar cómo pasar la prueba, para que lo siguiente que diga de ti sea revelador. Porque tienes algo de mito clásico, algo de comedia barroca, desbordas romanticismo, no te ahogas en el realismo y estallas sin medida como el siglo pasado, involucrándote trascendentalmente en La Vida. Entonces, mi cautela no solo radica en el calibre que tengo que darle a tu ser después del signo de puntuación, sino en evitar incurrir en el error. Y, como consecuencia, en el odio. En el desprecio de mí por perderte en la prisa de traslucirte.
Prisa que sigilosamente desaparece justo cuando tengo una verdadera urgencia y tú pausas el tiempo a tu manera. De ahí que tenga que terminar ese capítulo, ese párrafo, ese verso, que me despertó el hambre de ti, el ansia de mi pulso renovándose bajo tu mano. Así, se entiende que tenga que esperar el momento decisivo de esa canción que me enseñaste, que me entregaste, y que nunca comparto porque más que un secreto es una cuestión de justicia con la mirada que pones sobre el mundo. Solo de esta forma se interpreta esa pausa que habito para terminar el poema en el que abres tu cuerpo para recibir el mío sin subterfugios, sin dudas, sin temblores, colmado siempre de tu nombre.
Escribo porque así extiendo la vida. La tuya. La mía. La Nuestra. Porque el texto nunca está acabado. Una palabra está de más o requiere de inmediato una voz nueva. Lo que hace que su centro sea continuamente fresco; lugar de comunión de posibilidades: para las preguntas necesarias o para clarividencias que den a luz nuevas luces.
Todo este proceso, este gesto en realidad, da lugar a un amor siempre joven. Que bebe de sí mismo para hablarse, para entregarse, para presentarse ante sí y ante el otro. Sin máscaras, desmedido, abierto; sin pisarse las manos, los pies; sin morderse la lengua o dudar en su cadencia hacia arriba.
Así pues, esta escritura de la que te hablo, esta escritura en la que me encuentro, no es una justificación ni una definición de mí ni de ella misma, ni del yo que digo ser cuando te hablo o del yo que digo habitar mientras me escribo y me recibo simultáneamente en el papel.
Este esparcimiento lingüístico es una confesión: porque, cuando digo yo, realmente digo Tú dándome el soplo para nacer de nuevo. Destinado a dominar los peces, las aves, los ganados, las fieras silvestres, los reptiles e insectos, para llamarte.
—Escribir es convocarnos...