Bajo el sol dorado del mármol eterno,
donde ruge el pueblo sediento de horror,
marchan los esclavos sin nombre ni reino,
con cadenas en el alma y muerte en la voz.
El Coliseo abre su boca de piedra,
como un dios hambriento de carne y dolor,
y en su vientre de arena y condena
caen cuerpos rotos, sueños y oración.
No luchan por gloria, ni por coronas,
ni por estatuas ni cantos de honor,
luchan por rabia, por furia, por sombras,
por no morir como animales sin voz.
Uno levanta la espada temblando,
otro recuerda el rostro de su hijo perdido,
otro maldice al cielo romano,
otro reza a dioses que ya han sido vencidos.
La sangre dibuja ríos rojos,
el polvo se mezcla con gritos y fe,
cada golpe es un grito del mundo,
cada muerte una herida en la ley.
Y cuando caen, no caen rendidos,
caen de pie, mirando al tirano,
con ojos que dicen: “No soy tu esclavo”,
aunque el cuerpo ya esté derrotado.
Porque aunque mueran en la arena fría,
aunque su nombre se pierda en la historia,
hay algo que Roma jamás entendía:
el espíritu no se encadena, ni muere, ni se doma.
Y así, en la arena del tiempo maldito,
donde el Imperio creyó ser eterno,
los esclavos vencieron al mito
con la única arma que nunca fue hierro:
la dignidad de morir siendo libres por dentro.