La desgracia de los demás es nuestra propia desventura. Y nuestra felicidad es también la dicha de otros. Vernos en los demás y experimentar un sentimiento de unión con nuestros semejantes es una revolución profunda en la forma de ver y de vivir la existencia. Por eso, discriminar a otros es, esencialmente, discriminarnos a nosotros mismos. Herir a otro es autoinfligirnos daño. Pero cuando respetamos a los demás, también respetamos y elevamos nuestra propia vida. Daisaku Ikeda
la muerte
necesaria
como un dios
permite a algunos
valorar la vida
en sí misma
hacer de ella
el regocijo del alma
nos enredamos
desequilibramos
ambicionamos
qué mayor riqueza que la vida
qué infinitud requerida para su existencia
y su hermana
la muerte
-ahí-
nos lo recuerda
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«Sube a nacer conmigo, hermano. Dame la mano desde la profunda zona de tu dolor diseminado».
Neruda