LAS CIGÜEÑAS
Las cigüeñas son culpables
de que tú vinieras un día,
entre deseos que ardían
y promesas que dormían;
te bajaron de la brisa,
te soltaron todavía
con olor a pan y luna,
con temblor de poesía.
Fueron ellas, patas largas,
largas de puro reloj,
las que erraron de horizonte,
las que fallaron de sol;
se les cayó tu sonrisa
antes de tiempo y razón
sobre este mundo cansado
que no sabía de amor.
Te dejaron caer despacio
como una clara mañana,
cuando el amor era nada
pero ya pedía alma;
bastó el cruce de dos ojos,
una chispa en la mirada,
para que el mundo aprendiera
a pronunciarte sin falta.
Desde entonces nos observan
con un gesto que no cede,
como si guardaran claves
que ningún cielo concede;
no entregaron un encargo,
se les fue de las sienes:
trajeron un milagro
con forma viva de mujer.
A veces pasan volando
sobre el techo del día gris,
y las escucho reírse,
borrachas de cielo y anís;
culpables de haberte inventado
para que alguien —yo—
aprendiera a creer en lo imposible
cuando decide venir.
Porque si no fuera por ellas,
por su torpeza que arde y trae,
por torcerle el pulso exacto
a lo que huye y no se sabe,
no estarías aquí ahora
desordenándome el aire,
probándome que el amor,
cuando no llega… cae.
JUSTO ALDÚ © Derechos reservados