Quizás algún día comprenda la razón
por la cual una instancia superior
interpuso una capa de colores en mi mirada.
Escribo esto porque observar no basta.
Porque he acumulado palabras, rutinas y esfuerzos
y aun así la realidad se me presenta fragmentada,
como si siempre llegara tarde
a su verdadero significado.
No hablo de colores como ilusión,
sino como mecanismo.
Una mediación necesaria
entre lo que el mundo es
y lo que puedo tolerar de él.
Pienso en estas cosas —aparentemente inútiles—
porque lo concreto exige decisiones,
y decidir implica aceptar
que no hay garantías,
que nadie organiza el sentido por nosotros.
Tal vez esa capa no fue impuesta,
sino construida con cuidado:
una forma racional de posponer
la confrontación directa
con un universo indiferente
y con mis propias limitaciones.
Escribo porque presiento
que, al retirarla,
no aparecerá una verdad reveladora,
sino una responsabilidad:
la de asumir que la falta de propósito
no es un error del sistema,
sino el punto de partida.
Y cuando ese momento llegue,
cuando la mirada ya no necesite filtros,
entenderé que pensar en todo esto
nunca fue una pérdida de tiempo,
sino el intento más honesto
de permanecer consciente
en medio de lo inevitable.