Alberto Escobar

Tu blusa

 

 

 

 

 

 

Me gustas con esa blusa. Color malva, pero no de una tonalidad malva al uso, no, sino de otra, más atrevida, como desafiando la calma, la castidad que el malva siempre ha representado, y ese atrevimiento me gusta, me habla de que te atreves con la vida, con el rigor que vivir cada día supone para la superficie de una piel fina como la tuya, suave, pero de una suavidad que eriza el pelo de quien te acaricia. Me gusta cómo vistes, tu frescura a la vez que modernidad, pero no una modernidad chirriante, de esas modernidades que te abofetean las creencias, no, sino de una modernidad que sabe entroncar con lo clásico, con lo de siempre, con lo de antes, sabiéndo, con tu elegancia, única, llevarlo al presente, revisándolo para revivirlo, y que lo de antes no quede solo como un testimonio de lo que ya pasó, de lo que está enterrado solo en los libros de texto de los colegios, no, sino dándole una nueva vida, una nueva oportunidad. Me gustas cuando llegas al porterillo y me llamas, me gusta verte a través de la mirilla de la cámara que, moderno él, lleva incorporado para que podamos ver a quién damos entrada al patio del edificio, que no sea nadie que pueda violentar la paz que entre los vecinos reina y siempre ha reinado; y me gusta quedarme ahí, mirando cómo esperas a verme, de repente, aparecer por el portal e incoar esa sonrisa tan tuya, tan vital, esa que hizo enamorarme ipso facto de ti; y me quedo ahí, sin seguir vistiéndome, retrasando sin poder evitarlo ese momento, el que acabo de describir y que sé que tanto te gusta, que tanto deseas porque sé —creo que no me engaño— que estás enamorada de mí, aunque no quieres de boquilla, en mi presencia, dar el brazo a torcer cuando te lo pregunto e insistes en negar, como si tu integridad como mujer, como individuo, estuviera en juego, como si te propusiera desnudarte a una intemperie helada, de pleno invierno, de plena Finlandia cuando hace poco fuimos, y disfrutamos, y nos disfrutamos como locos de la vida...