El amor verdadero
no nace del impulso,
nace de la decisión
de quedarse
cuando sería más fácil irse.
No se grita,
se practica.
Se demuestra en los días simples,
en los silencios compartidos,
en la rutina que también ama
aunque no siempre sonría.
Es amar a pesar de las circunstancias,
cuando el tiempo aprieta
y la vida pone pruebas.
A pesar de las diferencias
que chocan, discuten,
pero aprenden a respetarse.
A pesar de las condiciones
que el mundo impone
y el corazón desafía.
El amor verdadero resiste tormentas,
no porque no tenga miedo,
sino porque confía.
Camina bajo la lluvia,
tiembla con el trueno,
pero no suelta la mano
que eligió cuidar.
Porque donde hay amor, hay interés,
hay presencia constante,
hay mensajes que preguntan
“¿estás bien?”
y abrazos que sostienen
sin pedir nada a cambio.
Si no hay interés,
no hay amor,
por más palabras bonitas
que intenten disfrazarlo.
Amar de verdad
es lealtad en los pensamientos,
es fidelidad en las acciones,
es elegir al otro incluso
cuando nadie obliga.
Es confianza construida día a día,
ladrillo por ladrillo,
sin atajos ni mentiras.
El amor verdadero no es perfecto,
discute, se equivoca,
aprende a pedir perdón.
Se cae,
pero vuelve a levantarse
con más verdad que orgullo.
Y cuando todo parece oscurecer,
el amor verdadero se queda,
enciende una luz pequeña
pero suficiente
para no perderse.
Porque el amor que es real
no abandona,
no se esconde,
no desaparece.
Permanece.
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