-¿Hasta cuándo?
Preguntas constante, pero solo hay una respuesta y es “éste momento”, porque es el momento el que se vive y el después solo Dios lo decide, y tus ojos me miran con sorpresa ¿acaso no escudriñas al mirarme fijo? ¿acaso no me te percatas de lo que se acumula cada momento? Ese empeño tan humano de medir todo: riqueza, tiempo, afectos... y todo ello se desvanece en un momento.
¿Cuándo?
Y aún no comprendes que estás más allá de la distancia, de la juventud, del deseo, quédate así, en silencio este momento, observa dónde se ha anclado tu ser, no tu hermoso cuerpo fugaz sino tu traviesa sonrisa, tus lágrimas secretas, tu pasión impetuosa, tus desnudos defectos, tus virtudes pulidas, todo aquello que me has confiado como el más valioso de los tesoros y ahora guardo en cada momento que decides abrirlo con la llave mágica de tu voz tan amada.
¿Cuándo?
Eso no importa, esa pregunta solo es útil en interacciones mundanas, en cuestiones prácticas, entre tu y yo importó el inicio, el avistamiento primero, los fortuitos y los premeditados encuentros, el intercambio de besos, las caricias intensas, las llamaradas nocturnas, el entrelazar de los dedos, el erguirse de nuevo si el otro a punto está del desmayo, los momentos que deciden futuros, los futuros que prolongan pasados, glorias o penas, ¿Qué más da si son solo nuestros y los compartimos en la intimidad de cada momento?
-¿Hasta cuándo?
Tu picardía me obliga a responder sin dudarlo: alguno podrá dejar de existir primero, el otro conservará el cofre del otro, podrán los cúmulos estar separados, podrá ya nadie mencionar nuestros nombres, pero cuando nuestras almas vaporosas se reconozcan en esas sutiles regiones yo te preguntaré en ese momento ¿Recuerdas?