Esa noche murió un conocido.
No era alguien cercano, no formaba parte de mis días, pero sabía mi nombre. A veces preguntaba por mí. Le inquietaba el paso del tiempo, cómo los años habían llegado sin pedir permiso. Su cuerpo ya no respondía; permanecía acostado, quieto, tan liviano que parecía una pluma sostenida apenas por la respiración.
La habitación estaba en silencio, un silencio distinto, pesado. No había palabras correctas. Solo miradas cansadas y el sonido de una vida apagándose lentamente. En ese momento pensé en lo frágil que es el cuerpo y en lo rápido que dejamos de ser movimiento para convertirnos en recuerdo.
Me pregunté si la muerte es realmente tan fría como dicen. Y si lo es, ¿por qué los familiares lloraban con un dolor tan desolado? Tal vez no lloraban solo por él, sino por todo lo que se iba con su partida: las voces que ya no volverían, las historias que quedarían incompletas, las costumbres pequeñas que nadie más notaría.
Pensé también si no debería existir una forma de consuelo. Al fin y al cabo, pasaron sus últimos minutos junto a él. Estuvieron ahí. Lo acompañaron. Pero aun así, el dolor no se aliviaba. Entonces entendí que la tristeza no siempre nace de la ausencia, sino del amor que no supimos reconocer a tiempo.
Nos pasa seguido: despreciamos sin querer a personas que sí nos pensaban, que sí se preocupaban por nosotros. Personas que nos querían en silencio, mientras nosotros seguíamos viviendo sin notarlo. Solo cuando se van, su cariño se vuelve evidente.
Recordé lo que decía Kant: que al morir el ser humano no puede experimentar a Dios, porque para que exista experiencia debe existir la vida. Lo divino, entonces, no se vive en la muerte, sino en quienes quedan, en la memoria, en la conciencia de los otros.
Y aun así, me quedó una pregunta suspendida en el aire.
Siempre tendré la duda de por qué hay personas que, sin haber sabido vivir del todo, deciden irse antes de tiempo.
¿Cuál es el propósito de rendirse en ese punto, en vez de seguir intentando una y otra vez?
¿Por qué dejarlo todo en la última, cuando la vida insiste incluso en medio del cansancio?
Tal vez no es falta de ganas, sino un peso que no supimos ver.
Tal vez insistir también duele, y hay dolores que no encuentran palabras.
No lo sé.
Solo sé que algunos se van cargando silencios,
y los que quedamos seguimos viviendo con preguntas.
Por eso guardé silencio.
No por costumbre, sino por respeto.
Porque a veces el silencio es la única forma honesta de despedirse
Escribo esto no como quien escribe poemas de amor,
sino como quien se queda lleno de preguntas.
No busco respuestas exactas, solo entender un poco más.
Si para algunos la muerte parece ser un descanso,
¿por qué para otros se siente tan cruel, tan injusta?
¿En qué punto se vuelve alivio para unos
y herida eterna para quienes se quedan?
Tal vez no pensamos lo suficiente en cómo vivir.
Tal vez nos enseñaron a resistir, pero no a comprendernos.
Y aunque soy joven, también me lo pregunto:
¿por qué hay personas que desean tanto dejar de estar,
en lugar de seguir buscando una razón para quedarse?
No lo escribo con certeza,
lo escribo desde la duda.
Porque a veces la vida no duele por falta de sentido,
sino por exceso de silencio.
¿Tú qué piensas de todo esto?