Luis Barreda Morán

Hijos de La Tormenta Seca

Hijos de la Tormenta Seca

Capitalismo neoliberal,
Padre sin rostro, leviatán de cifras,
engendraste en fábricas de humo y sombras
a tu primogénita: la Pobreza hambrienta,
con su manto de lluvia ácida y deudas.
A su lado, melliza de sonrisa fría,
la Desigualdad, arquitecta de rejas,
que erige muros entre el pan y la boca
y cava abismos con sus manos huecas.

De su unión perversa, en salas blindadas,
nació la tercera hermana, la Corrupción,
fluida como petróleo, dulce veneno
que convierte en mercancía la nación.
Ella, madre prolífica y despiadada,
pariría a su vez, en un parto múltiple y atroz,
la descendencia que hoy devora los cimientos
con sus mandíbulas de acero y su voz.

De su vientre salieron:
el Crimen Organizado, pulpo de tentáculos finos,
que teje redes en los puertos y los bancos;
el Narcotráfico, joven dios de labios tintos,
sembrador de desiertos verdes y campos flacos;
las Extorsiones, avispas de chaleco y amenaza,
chupando la savia del pequeño brote;
y el Crimen común, hijo sin mapa ni plaza,
fruto podrido que de la esperanza brota.

Las Pandillas, legión de hijos abandonados,
buscan en el juramento feroz la familia perdida;
la Inmigración Ilegal, río de pies cansados,
es la herida que atraviesa la herida.
El Sicariato, lógica perversa del contrato,
balas que se pagan con el sudor del miedo;
el Político Corrupto, traje gris y pacto,
vende espejismos mientras cuida su enjambre.

El Lavado de Dinero, alquimista moderno,
convierte lágrimas en cristal de inversión;
la Esclavitud Sexual, infierno taciturno,
carceleras de oscuridad en la ilusión.
La Explotación, vieja herramienta renovada,
ordeña horas sin fin por un salario de aire;
la Adicción, prisión de piel descarnada,
es el cliente fiel del oscuro donaire.

El Hambre, diente afilado en el vientre del niño,
y la Desnutrición Infantil, silencio que apaga la mirada;
el Empresario Evasor, de frío diseño,
que evade impuestos y con humanidades trafica.
Todos son nietos del mismo árbol sin raíces,
del cálculo que todo a número redujo,
de la fe que en el altar del mercado reza,
y convierte el suelo común en un erial de lujo.

Y al final, padre ciego de tanta progenie,
en tu festín de ganancias sin medida,
no ves que devoras a tus dos fuentes últimas:
al Ser Humano, cuya fuerza y sueño daban vida
a tus máquinas, y a la Naturaleza,
madre callada que prestó el metal, el río, el árbol.
Los envenenas, los agotas, los conviertes en deuda,
celebrando un récord bursátil sobre un campo yermo y un alma yerta.

Mueres así, suicida, por tu propia lógica insaciable,
habiendo vendido el aire, el agua, el futuro y el juramento.
Tu legado no son torres, sino ruinas habitables,
un desierto de asfalto donde el viento
solo arrastra facturas y nombres sin memoria.
Y en la noche final, cuando la última lámpara se apague,
solo quedarán, creciendo entre las grietas del hormigón,
las semillas tenaces de una dignidad que nunca lograste comprar.

—Luis Barreda/LAB
Glendale, California, EUA 
Enero, 2023.